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El perfecto equilibrio entre razón y emoción

Tradicionalmente, el Cociente Intelectual (IQ) ha sido el indicador de referencia para saber si una persona podría tener éxito en la vida. La puntuación del “test de inteligencia” establecía una relación con el desempeño académico y el prestigio profesional. Pero desde hace varias décadas, investigadores y grandes compañías se dieron cuenta de que las capacidades y habilidades necesarias para tener éxito eran otras distintas.

Tras una interesante labor investigadora, surgieron teorías sobre la inteligencia que intentaban comprenderla desde diferentes ópticas: La Teoría de las Inteligencias Múltiples de Howard Gardner, las diferencias entre Inteligencia Fluida e Inteligencia Cristalizada de Raymond Cattell y otros autores, o la Inteligencia Emocional que popularizó el psicólogo Daniel Goleman, inspirado por Richard Boyatzis, entre otros.

El mundo empresarial no ha sido ajeno a esta tendencia y ha encontrado en la inteligencia emocional una herramienta imprescindible para comprender la productividad laboral de las personas, el éxito de las organizaciones, los requerimientos del liderazgo y hasta la prevención de situaciones de crisis. El autocontrol, el entusiasmo, la perseverancia, la empatía o la capacidad de automotivación son habilidades que pueden determinar las diferencias competenciales entre distintos profesionales. Si bien parte de estas aptitudes pueden venir establecidas genéticamente —y otras se configuran durante los primeros años de vida—, numerosas investigaciones demuestran que las habilidades emocionales son susceptibles de aprenderse y perfeccionarse a lo largo de la vida.

Dicho esto, las competencias son importantes, pero lo es más el desarrollo de la virtud, del hábito de hacer el bien.  

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Publicado elÉtica y Empresa